En esa fecha, apenas en media hora, una lluvia semejante a meteoritos del tamaño de pelotas de golf, que cayó en una vasta zona de la ciudad y sus aledaños, alcanzó para dañar automotores a la intemperie, destruyendo sus lunetas y parabrisas y abollando sus techos y capots.
Este fenómeno será, sin duda, inolvidable para los damnificados entre los que se contaron fabricantes y concesionarios que mantienen sus unidades estacionadas en playas descubiertas.
Nuevos mercados temporarios se abrieron como consecuencia inmediata del hecho: de venta de coches averiados, de instalación de un plan canje granizo, de servicios sacabollos.
Miles de coches afectados por el meteoro modificaron rápidamente la estructura del negocio e hicieron pensar en nuevas formas del seguro y de reclamación de subsidios e indemnizaciones y en opciones para talleres de reparación.
¿La naturaleza, creando sus propias defensas de recuperación del orden, está imponiendo condiciones a la desenfrenada acción de los habitantes del planeta?